Belgrano, escritor

Pablo Martínez Gramuglia

Universidad de Buenos Aires

El ensayo tal vez más conocido de Ricardo Piglia (junto con las famosas Tesis sobre el cuento) es Sarmiento, escritor, en el que postula una explicación para lo que llama el doble origen de la literatura argentina: por un lado, el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento, un libro que, entre otras cosas, es una autobiografía, contracara de la biografía de Juan Facundo Quiroga que también es; por el otro, El matadero, de Esteban Echeverría. Los dos textos narran la violencia que grupos populares ejercen sobre un letrado (el unitario de El matadero y el propio Sarmiento en la página inicial del Facundo) y la hipótesis de Piglia es que la larga vida oculta del cuento de Echeverría (escrito en algún momento entre 1838 y 1852, pero publicado en 1871 por su amigo Juan María Gutiérrez) se debió a que en la Buenos Aires de Rosas no había lugar para la ficción, dada la función central de la política en la actividad letrada. 1 Manuel Belgrano, abogado, periodista, economista, funcionario, general, no fue un escritor y sin embargo su pluma lúcida y con destellos de elegancia dejó algunos textos que han sido leídos y releídos con más fervor patriótico que deleite literario. Si para los años cuarenta del siglo XIX la ficción literaria parecía no tener lugar en la Argentina, menos aún era uno de los despliegues posibles de la escritura en los anteriores al fatídico veinte en que falleció el creador de la bandera.2 Y sin embargo Belgrano se constituye como escritor con una ficción propia que elabora a lo largo de su vida.

Belgrano, cuya vida puede leerse como una acumulación de ambiciones excesivas para la patria y renuncias personales, desarrolla una retórica propia (¿tal vez un estilo?); o, mejor, se apropia de retóricas específicas, institucionales y literarias, sobre las que construye discursos varios con el rumor de un estilo. Retóricas en el sentido de un conjunto de reglas o principios: las memorias del Consulado, con sus reverencias formales al virrey y a los miembros de las corporaciones coloniales, los artículos en la prensa de didáctica económica y política, los partes militares de escandida síntesis informativa, las cartas a familiares y amigos, las traducciones o reversiones del francés, del italiano y del inglés; todos los textos, en unos treinta años de producción letrada de la que nos ha quedado registro, privilegian recursos neoclásicos como la analogía, la comparación, la interrogación retórica y el ejemplo; también, a veces como parodia y a veces como estilización, la gimnasia argumentativa de la neoescolástica se vuelve coartada para evitar afirmaciones tajantes.

Belgrano sueña y planifica con escaso asidero en el mundo en el que se mueve, como ha ejemplificado más como reparo que como elogio Tulio Halperin Donghi: desde el Consulado creado para mantener los privilegios de los comerciantes monopolistas intenta regular y abrir el comercio, así como desde el Correo de Comercio sostiene que la buena fe es la base de los contratos comerciales; jefe en el Ejército del Norte o en los Patricios de Buenos Aires, procura instalar una disciplina implacable tanto entre gauchos apenas sometidos al orden marcial como entre los orgullosos porteños, que se rebelan por la orden de cortarse su orgullosa trenza; cuando dona su premio en dinero para fundar escuelas diseña un ambicioso plan educativo –actos en los que aparece excesivamente aferrado a sus principios, riguroso hasta la ingenuidad e imparable en la capacidad de proyección.

Pero todo lo que sueña es en pos del bien de la patria –aun cuando esta se concebía como una parcela del imperio español– y por eso resigna éxitos personales que sin embargo anhela: en sus años de estudiante en España, la Borla de Doctor que, si bien le parece una patarata y un aprendizaje de cosas que en el foro nada sirven, en última instancia resultaba un gasto grande para la familia (Belgrano, 2001: 61-62), y el anhelado viaje a Italia y el puesto en la burocracia peninsular o en la diplomacia (Belgrano, 2001: 55) son cambiados por el Consulado de Buenos Aires; deja de lado la gravitación directa en la vida política de la capital sudamericana para encabezar ejércitos expedicionarios; y rechaza sueldos y honores militares para hacerse digno de llamarse hijo de la patria (Belgrano, 1811: 37).

Ambiciones excesivas y renuncias personales: dos tópicos que atraviesan la obra escrita. Y, como tono general, la humildad en todo: funcionario, letrado y militar, como le escribe a Bernardino Rivadavia, en una significativa –aunque no rara en su producción– tercera persona:

Belgrano es sincero, y un hombre de bien, amante de su Patria: tendré mis debilidades, porque esto propio de todos los hombres, pero esté V. [usted] cierto que todo mi estudio, y los auxilios que pido del Todopoderoso se dirigen a proceder con justicia llenando mis obligaciones en cuanto concibo: mis errores no son de voluntad, créalo V., son de entendimiento; porque no es dado a todos el tenerlo en todo su lleno (Belgrano, 2001: 177)

La carta es del año 1812 y, como tantas, sostiene la primacía de las obligaciones sobre los deseos; el general cristiano apunta a la humillación de sí mismo y el control de las pasiones.3 Pero de todas esas renuncias y ambiciones, hay una casi secreta, referida sin embargo en la historiografía y en sus biografías. Si recién retornado a Buenos Aires, Belgrano busca imponerse como el letrado moderno que viene a conmocionar los saberes y las jerarquías de la sociedad colonial para erigirse como orador desde el pequeño foro del Consulado o como publicista en el más amplio de la prensa periódica, la historia le impondrá el abandono de esa vocación por otra.4

En 1802, por ejemplo, a la hora de exaltar los efectos de la educación ilustrada en la juventud porteña, en el discurso que pronuncia en los certámenes públicos de la Academia de Náutica del Real Consulado (los exámenes finales), vuelve a exhibir su humilde condición (mi pluma es débil) y rechaza la vana y estudiada elocuencia; en su alocución, elabora una épica cívica cuyos principales personajes no son los héroes militares, los exploradores o los conquistadores, sino los propios letrados, entre ellos el sabio Director Cerviño, pero también, por supuesto, el propio autor de la arenga:

Desde la mas remota antigüedad hasta nuestros días, la historia de los siglos, y de los tiempos, nos enseña quanto aprecio han merecido todos aquellos, que han puesto el cimiento á alguna obra benéfica a la humanidad, y los que la han fomentado, y sostenido, hasta darle una existencia invencible por los contrastes propios de las viscitudes: las plumas mas eloqüentes se han exercitado en aplaudir estas acciones, los buriles, los escoplos, las prensas, y todo ha contribuido para transmitir, hasta los venideros siglos, las dulces memorias de aquellos sabios bienhechores, cuyas ideas eran, las de la prosperidad del hombre.

Dirigid, Señores, vuestras miradas á los manuscritos antiguos, si quereis convenceros, observad esas medallas, las estatuas, leed los libros, y sobre todo el libro de los libros, y encontrareis, no temais perder vuestro tiempo, tantas pruebas de esto mismo, que plenamente quedareis convencidos. (Belgrano, 1802: 171)

Su confianza absoluta en la escritura como agente civilizatorio le hace presentar la historia de la humanidad de modo progresivo y lineal, desde los tiempos bíblicos hasta el presente, de la mano de una mayor difusión del saber a partir de los diversos medios de registro escrito (de ahí la serie algo desequilibrada de plumas, buriles, escoplos y prensas).5

En 1810, ya producida la Revolución de Mayo de la cual es líder político y pronto lo será militar, en una situación muy similar (la apertura de la Academia de Matemáticas creada por la Junta en septiembre), Belgrano exalta esta ciencia como base de la formación militar:

Nuestro Superior Gobierno ha conocido la importancia de esta exclamacion, y se ha apresurado, como lo veis, á dar principio á un establecimiento, capaz de dotar el valor de nuestra juventud guerrera con todas las calidades necesarias que lo distingan entre todas las naciones, por ilustradas que sean.

Sí: en este establecimiento hallará el jóven que se dedique á la honrosa carrera de las armas, por sentir en su corazon aquellos afectos varoniles, que son los introductorios al camino del heroismo, todos los auxilios que puede suministrar la ciencia Matemática aplicada al arte mortifero, bien que necesario de la guerra (Belgrano 1810, Buenos-Ayres...: 2).

No es que en los años previos a la revolución la guerra o la violencia fuera una realidad completamente ajena al Río de la Plata (él mismo inicia su entrenamiento marcial luego de las invasiones inglesas), sino que ahora son para Belgrano el camino tan mortífero como necesario hacia el heroísmo con el que antes podía investir a los letrados.6 Y la elocuencia del ahora vocal de la Junta recoge ese cambio de las letras por las armas, dualidad que organiza la cultura letrada desde los modelos de Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes, y que en la historia argentina hallará en Bartolomé Mitre (quien más de una vez busca construir su figura pública usando a Belgrano como molde) su obsesivo reformulador.

El letrado no se llama al silencio a partir de la Revolución; quedan sus cartas, las traducciones –entre ellas la de George Washington, otro hombre de armas y letras en quien las primeras primaron sobre las segundas-, los artículos del Correo de Comercio, las proclamas y discursos y una autobiografía en la que brillan algunas ráfagas de vuelo estético.7 Pero ahora intuye o sabe que no es un escritor ni lo será en la historia posterior.

Señala Jacques Rancière: La ficción en general no es la historia bella o la mentira vil que se oponen a la realidad o pretenden hacerse pasar por tal. La primera acepción de fingere no es ‘fingir’ sino ‘forjar’. La ficción es la construcción, por medios artísticos, de un ‘sistema’ de acciones representadas, de formas ensambladas, de signos que se responden (2005: 182).

En ese sentido, la ficción que sí tiene lugar a comienzos del siglo XIX, que Belgrano contribuye a forjar con medios no tan artísticos, es el de un nuevo proyecto común cuya realización verdadera se halla en el futuro: la patria. En ella está la auténtica escritura de Belgrano.

Notas

  • 1 Sarmiento, escritor fue publicado en la revista Filología de la Universidad de Buenos Aires en 1998. El texto retoma algunas ideas ya tanteadas por Piglia en Notas sobre Facundo, de 1980, y Echeverría, o el lugar de la ficción, de 1984, así como en la novela Respiración artificial, publicada en 1981.
  • 2 En 1822, en Córdoba, el padre Juan Justo Rodríguez terminaba una novela didáctico-filosófica, Alejandro Mencikow, príncipe-ministro del Estado Ruso, sabio en la desgracia y ayo de sus hijos, que no solo no fue publicada entonces, sino que permanece inédita hasta hoy. Pese a su nula circulación, ha sido considerada la primera novela argentina –si bien habría otros ejemplos en el período colonial-; y así como esa nula circulación nos impide atribuirle alguna incidencia en la historia literaria, en tanto no entra en ninguna serie posterior ni produce ningún efecto, también nos permite especular sobre los motivos de su inedición, entre ellos seguramente el estatuto inestable de los textos de ficción, cuestionado en primer lugar por su carácter pedagógico (escrito para instrucción y encanto de los niños y dedicado A los niños de Córdoba) .
  • 3 Belgrano es el más piadoso de los líderes de la Independencia y ahí también hay una clave de su inquebrantable y algo ingenua fe en el futuro. En 1814, en carta a Tomás de Anchorena, escribe una síntesis de su actitud vital: ¿Para qué da V. lugar a ideas tristes? Mucho tiempo ha, me propuse libertarme de ellas, y jamás les doy entrada en mis mayores apuros; los que creemos que hay una Providencia, y que esta todo lo dispone, veremos adelantado cuanto hay para no admitir la tristeza entre nosotros; ¿a qué anticiparse los males? con demasiada aceleración vienen a nosotros; resignarse a recibirlos con tranquilidad, y conseguir esta en las mayores tempestades, debe ser nuestro principal estudio; nos entristezcamos, o nos alegremos, la mano que todo lo dirige no por eso ha de variar: esta es una verdad evangélica, ¿y en tal caso no es mejor alegrarse? adopte V. este sistema que no es el de los iluminados, y sus momentos se harán más llevaderos... (Belgrano, 2001: 282).
  • 4 He desarrollado la idea de Belgrano como letrado moderno en Martínez Gramuglia, 2019.
  • 5 Belgrano mantendría esta confianza durante el resto de su vida (basta recordar la donación del premio de 40.000 pesos fuertes por las victorias de Salta y Tucumán para crear cuatro escuelas), aun en los momentos menos optimistas de su larga carrera de funcionario. Unos años después del discurso citado, el 30 de junio, publica en el Correo de Comercio un artículo sobre la educación en gramática y lógica; al abogar por un abordaje práctico de la última, lejos de las refinadas y vacuas disquisiciones escolásticas, llega al punto de suponer una absoluta intercambiabilidad entre profesores e impresos, entre el dictar la lección y leerla: …señalese á los estudios un autor por donde los profesores precisamente hayan de dictar la lógica, ya que no nos es posible tener un número competente de impresos para los jóvenes que se aplican, ó á quienes se aplica á este estudio: mas en llegando á tener exemplares impresos, proscríbase el dictar (Belgrano, 1810, Concluye la materia...: 141) . Se ha cuestionado la autoría de Belgrano de los textos doctrinarios del Correo de Comercio, señalando la posibilidad de una coautoría con Juan Hipólito Vieytes y recorriendo varios ejemplos de reescritura, traducción o copia de artículos de origen europeo (ver Maggio Ramírez, 2020). La colaboración entre los dos letrados ya ha sido señalada en varias ocasiones por la historiografía, e incluso hay una tendencia belgranista a atribuir a Belgrano textos de Vieytes y otra vieytista a hacer lo contrario. Ante la ausencia de firma y la afirmación de Belgrano en su autobiografía de haber sido el responsable del periódico (bien que no el autor de todos sus textos), es prudente mezquinar las certezas, pero este artículo en particular (que empieza a publicarse en el número anterior con el título Educación) parece ser producto de las ideas, si no directamente de la pluma, de Belgrano.
  • 6 Resuena una frase famosa de John Adams, patriota norteamericano a quien Belgrano ha leído (aunque no esa frase, conocida después a través de su correspondencia): Debo estudiar la política y la guerra, para que mis hijos tengan la libertad de estudiar pintura y poesía, matemática y filosofía (Adams, s/f: s/p).
  • 7 Al comentar la serie de autobiografías y memorias de los hombres de Mayo, Noé Jitrik señala: Una de las que más se destacan es la de Manuel Belgrano. Son tan atractivas como dramáticas: es casi el único que imprime un sesgo dramático en sus escritos, que da cuenta de cualidades, tanto por su formación como por sus ideas y dramas personales, y sobre todo, por el modo en que encaró el proceso que parecía irse todo el tiempo de las manos (Jitrik, 2010: 19).

Referencias bibliográficas

  • Adams, John, Letter from John Adams to Abigail Adams, 12 de mayo de 1780, Adams Family Papers: An Electronic Archive. Boston, Massachusetts Historical Society, s/f, s/p, Recuperado a partir de http://www.masshist.org/digitaladams/. [Consultado en agosto de 2020].
  • Belgrano, Manuel, Academia de Náutica, en Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, 21 de marzo de 1802, T. III, nº 12, pp. 169-177. (El texto no tiene firma pero en una breve introducción de los redactores se indica la autoría de Belgrano).
  • Belgrano, Manuel, Concluye la materia del numero anterior, en Correo de Comercio, t. 1, nº 18, 30 de junio de 1810, 137-141.
  • Belgrano, Manuel, Buenos-Ayres 13 de septiembre de 1810, en Gazeta extraordinaria de Buenos-Ayres, 17 de septiembre de 1810, pp. 1-3. (El texto no tiene firma pero en una breve introducción de los redactores se indica la autoría de Belgrano).
  • Belgrano, Manuel, Oficio del coronel D. Manuel Belgrano en que hace renuncia de medio sueldo: esta acción generosa y de verdadero patriotismo le hace más digno de la consideración del gobierno y de sus conciudadanos, en Gazeta de Buenos-Ayres, nº 10, 6 de diciembre de 1811, 37.
  • Belgrano, Manuel, Epistolario belgraniano. Buenos Aires, Taurus, 2001.
  • Halperin Donghi, Tulio, El enigma Belgrano. Buenos Aires, Siglo XXI, 2014.
  • Jitrik, Noé, La literatura dialoga secretamente, envía señas de nuestra experiencia colectiva, diálogo con Sebastián Scolnik, en La Biblioteca 9-10, 2010, 19-32.
  • Maggio Ramírez, Matías, La circulación de saberes y el problema de la autoría en la prensa virreinal. Un análisis del Correo de Comercio, 1810-1811, en Información, Cultura y Sociedad, 42, 2020, pp. 11-34. Recuperado a partir de http://revistascientificas.filo.uba.ar/index.php/ICS/article/view/7666/7045 [Consultado en agosto de 2020].
  • Martínez Gramuglia, Pablo, Manuel Belgrano, del letrado colonial al moderno, en Ulúa 33, 2019, 157-192. https://doi.org/10.25009/urhsc.2019.33.2632
  • Piglia, Ricardo, Sarmiento, escritor, en Filología 1-2, 1998, 19-34.
  • Rancière, Jacques. La fábula cinematográfica. Reflexiones sobre la ficción en el cine. Barcelona, Paidós, 2005.