Ingrid Sverdlick

Dirección Provincial de Evaluación e Investigación,
Dirección General de Cultura y Educación.

Entrevista a Pablo Gentili

La crisis de la democracia corroe la promesa redentora de la escuela

Nos reunimos con Pablo Gentili para hablar de la escuela y la democracia con el objetivo de seguir pensando sobre el panorama educativo actual. Pablo Gentili es Doctor en Educación por la Universidad de Buenos Aires y cuenta con una gran cantidad de libros y publicaciones en el campo de las políticas educativas y los estudios sobre exclusión social en América Latina y el Caribe.

—La propuesta de esta entrevista está centrada en el panorama educativo actual latinoamericano, con una mirada puesta también en lo histórico. En el escenario actual, bastante dispar y que combina gobiernos progresistas y otros de ultraderecha, ¿podrías recuperar la situación de las políticas educativas en la actualidad y los desafíos que tenemos entre manos?

—Tuve la suerte de comenzar a trabajar desde muy joven en una institución muy reconocida que desarrollaba lo que quizás fue una de las perspectivas más innovadoras y críticas en el campo de las políticas educativas a mediados de los 80. Me refiero al Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) Argentina que se destacaba y era una referencia en el estudio del impacto que las dictaduras habían tenido en los sistemas educativos, así como en los desafíos que estos enfrentaban en el complejo proceso de institucionalización de la democracia que vivíamos en aquellos años. Eran tiempos de mucha ilusión en el poder transformador, reparador, civilizatorio, liberador de los sistemas educativos. Por eso, aunque todas las personas del equipo de Cecilia Braslavsky éramos muy jóvenes (yo compartía escritorio con Gabriela Diker y apenas teníamos 20 años), cuando aparecía alguien que se animara a poner en cuestión la promesa redentora de la escuela, al menos yo, pensaba que se trataba de alguien viejo, malhumorado y carcamán. Un aguafiestas.

Te cuento esto porque me pedís que empiece contándote mi interpretación sobre lo que estamos viviendo en una mirada retrospectiva y, al tratar de decírtelo, no puedo sino sentirme ahora yo mismo en el papel del viejo huraño que cada vez que habla del tema comienza con una queja. No cabe duda de que los años han pasado. Quizás sea eso. Lo cierto es que debo confesarte que me aburre cada vez más leer libros de política educativa porque creo que se han vuelto casi intemporales, inmunes al tiempo. Hay excepciones, claro. Pero con mucha regularidad, hoy lees un libro o un artículo y no podés determinar si fue escrito la semana pasada o hace veinte años. En suma: el mundo ha cambiado inmensamente y muchos de esos cambios no sólo han impactado en la escuela, sino que tienen a la escuela como su campo de batalla. Sin embargo, nosotros venimos diciendo las mismas cosas hace ya casi cuarenta años. Creo que la investigación educativa, y no sólo ella, de modo general, la investigación en ciencias sociales están de cierta manera adormecidas o se han vuelto un poco perezosas. Si el mundo ha cambiado tanto, por qué seguimos haciéndonos las mismas preguntas de siempre. Y por qué las respondemos de la misma forma.

Ya sé, podrás decirme que esta es una generalización injusta. Y debe serlo. Pero a los viejos hay que permitirles ciertas mañas.

Así, la primera cuestión que me gustaría destacar es que no podemos dejar pasar por alto un proceso que impacta de forma clara en la educación de nuestros países latinoamericanos: la desafección política. No se trata sólo de un problema de nuestra región, sino que es un fenómeno global. Como sea, no sólo el ejercicio de la política profesional, sino también el propio debate político, el diálogo público acerca de los asuntos comunes, se han vuelto un tema molesto, incómodo, distante, ajeno, para la gran mayoría de las personas. Si hay un proceso de desafección política creciente, lo primero que uno podría preguntarse, es qué ha tenido que ver la educación con todo esto. Al mismo tiempo, qué impacto produce en la acción educativa y en las luchas por la defensa de la educación como un derecho inalienable de nuestros pueblos, esta sospecha en la política, el creciente desprestigio de lo público y de la construcción de lo común.

—En este número de la revista Anales, uno de los dossieres trata sobre los 140 años de la Ley n° 1420 en la Argentina. En un mundo en el que no cesan las guerras y el retorno de las derechas, ¿considerás que existe cierto fracaso cuando la población escolarizada no logra tener una mirada crítica respecto de la hegemónica que avanza con los medios de comunicación o las redes?

—La primera cuestión que debemos tratar de entender es qué está pasando hoy en nuestras sociedades. Un buen diagnóstico no alcanza para hacer una buena agenda de investigación, pero si no tenemos un buen diagnóstico, de lo que podemos estar seguros, es que nuestra agenda de investigación correrá el riesgo de volverse completamente irrelevante.

En los años 80 nosotros nos dirimíamos todo el tiempo frente a una gran cuestión teórica y estratégica: si la escuela reproducía o no las relaciones sociales de producción del capitalismo; si la acción escolar podía ser sólo un mecanismo de perpetuación de la explotación de clase, de la ideología dominante, de la promesa meritocrática o del reduccionismo economicista de la teoría del capital humano; o sí, por el contrario, la escuela podía ser la plataforma más efectiva para la lucha contra la opresión y la dominación capitalista, despertando las conciencias y la acción colectiva de los sectores populares, de los silenciados, los oprimidos los olvidados, los excluidos. Nos dirimíamos entre la validez o no de lo que llamábamos los enfoques reproductivistas y, frente a ellos, proponíamos un enfoque centrado en las luchas y las contradicciones que nos brindaban la esperanza de que el capitalismo iba cada vez peor, pero la escuela siempre nos ofrecía la confianza en el poder liberador de la palabra, de la formación humana, del despertar de las conciencias, de la educación como una transformadora práctica de la libertad y la emancipación.

No me digas que –más allá de cierta visión ingenua y voluntarista– este debate no tenía la fuerza de construir una épica poderosa alrededor de la práctica educativa: o la educación era la garantía ineludible para la reproducción y la subsistencia del capitalismo, o era la única garantía para que pudiéramos finalmente derrotarlo.

Bien podría ser la estructura narrativa de un guión de Marvel, con los buenos y los malos perfectamente definidos.

Por supuesto, las discusiones académicas solo suelen tener sentido y volverse un asunto relevante, especialmente para los formuladores de políticas públicas, cuando se relacionan y se imbrican con una coyuntura o un estado de ánimo colectivo que les da sentido. Este debate tan apasionado sobre las funciones de la escuela se producía en una América Latina donde la esperanza democrática renacía. Teníamos una institucionalidad republicana frágil, pero estábamos seguros de que debíamos y que podíamos consolidarla. La democracia nos brindaba la certeza de saber que su fortalecimiento era la condición necesaria para ampliar las oportunidades y derechos negados a los más pobres. Una ecuación simple en la cuál más democracia es igual a más bienestar, más derechos, más ciudadanía, más libertad, más autonomía, más felicidad individual y colectiva. Y que la relación entre democracia y educación era indivisible.

Las perspectivas reproductivistas nos molestaban porque, de alguna manera, pretendían frustrar la felicidad que sentíamos de saber que el progreso de la democracia (o sea, de nuestro futuro común de justicia y libertad) dependía de la educación, de la lucha cotidiana de cada escuela, de cada maestra y cada maestro en su sala de clase, de la comunidad educativa… y de nosotros, que desde la universidad hacíamos de la investigación y de la producción de conocimientos críticos los insumos de un porvenir de igualdad.

No quiero hacer ni la cronología ni la genealogía de nuestros últimos 40 años, pero, creo que, más allá de los matices, de los cambios de enfoque y de la cada vez más sofisticada producción teórica en el campo de la sociología, la política y la economía de la educación, durante cuatro décadas, el debate no ha salido o no ha puesto en duda los marcos de estas perspectivas.

¿Cuál es el problema entonces? La desafección política produce una corrosiva desconfianza en los gestores públicos, en los políticos profesionales y en las instituciones fundamentales de la democracia, entre ellas, claro, la escuela. Esto se traduce en una perspectiva cínica, narcisista e indolente hacia los desafíos que enfrentamos como comunidad, poniendo lo público como causa de nuestros problemas y no como aspiración colectiva. Ese efecto corrosivo se extiende y contamina las bases de legitimidad de la democracia y cualquier aspiración a construir un futuro común con justicia e igualdad. Las propias ideas de “justicia” e “igualdad” se ponen bajo sospecha y la aspiración a conquistarla se identifica como el problema, como el cáncer de una sociedad enferma de colectivismo o populismo.

Lo que vemos hoy en gobiernos como el argentino o en las diversas expresiones políticas de la extrema derecha en América Latina (y el mundo) no es otra cosa que la expresión brutal y degradada, la mueca burda y desfigurada de un proceso de progresiva y corrosiva ignominia a la que fue sometida la democracia y su promesa de justicia, bienestar y libertad durante los últimos 40 años.

Reducida la democracia a una montaña de escombros, no podemos dejar de preguntarnos cómo esto ha impactado en nuestros sistemas escolares y qué habremos hecho mal para no poder evitarlo.

Cuando digo cómo impacta esto en los sistemas escolares no me refiero a las prácticas educativas, al currículo o a la acción docente, sino al sentido que le atribuimos a la escolaridad, a las promesas de progreso que la escuela formula, a cómo ven e interpretan nuestras comunidades, marcadas por la diversidad, por la desigualdad y la fragmentación, el papel que cumple la escuela para construir el futuro que les tocará en suerte vivir.

—Uno podría, forzando un poco el argumento, decir que la escuela sigue reproduciendo, en el sentido de reproducción de la hegemonía.

—Es una pregunta que hay que hacerse, exacto. Yo, si te respondo rápido y provocativamente diría: ojalá. Porque creo que estamos mucho peor.

—¿Y qué sería ese mucho peor? ¿El escepticismo del que hablas, o sea, el desinterés?

—Exactamente, por supuesto siempre existe hegemonía y lucha hegemónica, pero el gran problema de la escuela es que parece estar desintegrándose la promesa que le daba sentido: ser la institución democrática más relevante en la construcción de nuestro futuro común.

Ese algo que soñamos y aspiramos construir en común podía ser una sociedad emancipada, de sujetos libres de toda opresión, feminista, anti racista, anti patriarcal, decolonial; o una sociedad liberal, de sujetos egoístas, competitivos, que valoran el mérito como forma eficaz de distribuir los beneficios y ampliar las oportunidades individuales. Una escuela popular, transformadora, una escuela de la liberación; o una escuela centrada en promover la competencia, el esfuerzo y que aspira a la excelencia meritocrática. Como sea, en uno o en otro modelo, que aquí simplifico de manera exagerada, a la escuela le cabe una función redentora de la democracia, sea esta pensada bajo la perspectiva emancipatoria, ciudadana y radical, o sea bajo la perspectiva liberal y republicana de baja intensidad.

El descrédito de la política y de la propia democracia corroe esta promesa educativa en sus dos perspectivas. La desintegra, le hace perder el sentido. Fijate que las extremas derechas, más allá de su incontinencia discursiva, repleta de amenazas y odio, ni siquiera tienen un plan de reforma escolar. Todo su esfuerzo se orienta a destruir, demoler la idea de que la educación y el bien común siempre se conjugan juntos en el sinuoso camino del progreso humano (sea para la construcción de una sociedad repleta de igualdad, derechos y oportunidades o el de una sociedad rebosante de competencia y obsesionada por la productividad económica). El plan de la derecha extrema hoy es meramente destructivo: arrasar con un pasado que, ante su evidente fracaso, debemos desterrar de nuestro futuro y borrar de nuestra memoria.

Por eso, el problema no es que la educación está en crisis, en un sentido genérico, sino que la educación va dejando de ser un tema relevante en la agenda pública cuando se discute el futuro de nuestras sociedades.

—Es un panorama crítico y bastante pesimista…

—Vivimos un momento muy complejo y no creo que para evitar el malestar que produce esta circunstancial falta de esperanzas, tengamos que recurrir a argumentos autocomplacientes e indulgentes, especialmente, ante los errores que cometimos y que, en parte, explican cómo hemos llegado hasta aquí.

La desafección política y el desprecio por la democracia no surgieron porque las inventó la extrema derecha. Eso es invertir la carga de la prueba. Surgieron porque la política ha sido muchas veces el refugio de los corruptos, de los incompetentes o de los inútiles. Y porque la democracia fue indolente, indiferente, incapaz de mostrar que, gracias a ella y con ella, sería posible construir más oportunidades para vivir mejor. La gente generalmente quiere algo muy simple: ir mejorando en la vida, ser reconocido en su dignidad y en sus derechos fundamentales y, cuando crece, que sus hijos puedan vivir mejor de lo que lo hicieron ellas o ellos. El balance de 40 años de democracia en América Latina, sólo muy excepcionalmente, mostró que esto era posible. Y ese fracaso abrió camino a los odiadores seriales que gobiernan algunos de nuestros países.

Esta no es una victoria democrática, ¿por qué motivo deberíamos ser optimistas? Obviamente, no estoy haciendo un análisis mesiánico o milenarista. No me estoy refiriendo a cómo debería ser el mundo, sino a algo mucho más básico. Esto es, a cómo estamos atravesando un contexto de descrédito de las instituciones democráticas, de cualquier aspiración a poner en la agenda pública los problemas de la igualdad, de los derechos humanos y de la justicia social, y a la terrible constatación de que la idea misma de libertad ha sido secuestrada por unos sujetos que pregonan a los gritos que la política es el arte del sálvese quien pueda.

En este sentido, es importante entender que este descrédito de la política pública, de la democracia y de la educación, ocurre en un contexto de enormes carencias y de múltiples demandas no atendidas o subatendidas por el sistema escolar. En algunos de nuestros países, los docentes están por debajo de la línea de la pobreza, en niveles profundos de precariedad laboral. Una situación que se replica en las familias de las niñas, de los niños y jóvenes que ellas y ellos educan.

América Latina es la región más desigual del planeta. También la más violenta. Lo era ya en los años 80, lo sigue siendo 40 años después. Lo que debería sorprendernos no es que la política pública, la democracia y la escuela estén siendo hoy denostadas; lo que debería sorprendernos es que, a pesar de esto, la gente siguiera confiando en que la política pública, la democracia y la escuela nos brindan generosamente las llaves del cofre de la felicidad individual y colectiva. Creo que enfrentamos un desafío fundacional. Obviamente, ante el demoledor ataque a los valores y a las instituciones democráticas debemos reaccionar defendiéndolos, reconociendo que se tratan de una conquista popular y no una dádiva o una coartada de los poderosos. Pero, obsesionados por defender nuestra democracia del arsenal de discursos autoritarios que la ponen en cuestión, no podemos dejar de trabajar y de luchar activamente para construir una democracia mucho más eficiente, justa y ambiciosa para enfrentarse a las desigualdades endémicas, a los privilegios que persisten inalterados durante siglos, a la indiferencia frente al dolor y al abandono que sufren millones de seres humanos desprovistos de sus derechos más elementales. Una nueva democracia, más generosa y menos cínica con los más pobres, solidaria, feminista, antirracista, ecologista, decolonial, diversa, plural.

El mejor lugar para comenzar a construir esta nueva democracia es la escuela. Y este tiene que ser nuestro más urgente desafío. Si la escuela no fuera una institución fundamental para poder imaginar, soñar y construir un futuro mejor, una democracia que nos abrace y nos reconozca como una comunidad de seres humanos iguales y diversos, las derechas y las extremas derechas no se hubieran esforzado tanto en criminalizarla, humillarla y someterla al escarnio y al desprecio.

Anales de la Educación Común, 2024, Volumen 5, N° 1-2 | Ingrid Sverdlick |
Entrevista a Pablo Gentili | pp. 244 a 250