Escuela Normal n° 2.
Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación,
Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
Este trabajo reconstruye la formación docente en la provincia de Buenos Aires entre 1874 y 1889, en una de sus primeras escuelas normales bajo su dependencia hasta 1880. Busca desafiar la visión tradicional que destaca la homogeneidad del modelo normalista nacional, y propone explorar los debates y particularidades a nivel provincial e institucional donde se ensayó un proyecto diferenciado que no pudo mantenerse en el tiempo. Lo componían elementos católicos, la participación local en el control y administración de las escuelas, y otras marcas más originales como establecer un internado para estudiantes, abrir cursos nocturnos para preceptores, y crear una Academia pedagógica.
Formación docente, Historia de la educación provincial, Normalismo, Adolfo Van Gelderen.
Como proyecto político pedagógico vinculado a la expansión de la educación común, obligatoria y gratuita, a partir de la década de 1870 las Escuelas Normales se distribuyeron a lo largo de todo el territorio nacional con la función de formar a maestras y maestros para cumplir esa tarea. Los estudios clásicos al respecto privilegiaron presentar las características comunes y homogeneizantes de esas instituciones, y consideraron a la Escuela Normal de Paraná, fundada en 1869 por el Estado Nacional, como la “escuela señera”, que estableció los planes de estudios, los requisitos de ingreso y la organización institucional y curricular. Esa mirada se centró principalmente en la exploración de fuentes producidas desde el Estado nacional, que distribuyó de manera homogénea resoluciones y circulares para su implementación. Se fortalecieron así posiciones historiográficas limitadas a la escala nacional, que parten del supuesto que el Estado-nación fue el constructor casi excluyente de los sistemas educativos modernos.
En este escrito proponemos que, junto al supuesto tiempo-espacio “homogéneo” de la Nación en construcción, se manifestaban otros debates que la escala nacional naturalizó y subsumió, como las relaciones entre el centro y las periferias, entre la parte y el todo, entre lo moderno y lo tradicional, o entre lo cosmopolita y lo provinciano (Acevedo, 2019). Para eso, sumamos a ese debate la forma particular que adoptó la formación docente en la provincia de Buenos Aires en los años cercanos a la sanción de la Ley de 1875. Nos acercamos a ella a través de una de sus primeras escuelas normales, la “Escuela Normal de Profesores”, desde 1924 denominada “Mariano Acosta”, recurriendo principalmente a fuentes de su archivo escolar, y haciendo foco en los primeros años de funcionamiento, entre 1874 y 1880, previos a su nacionalización. En esa exploración advertimos varias alternativas ensayadas por su primer rector, Adolfo Van Gelderen, que no se llevaron adelante, o fueron interrumpidas por diversos motivos, junto a otras que se fortalecieron y se expandieron al resto del sistema de formación.1
Este recorrido aporta nuevas miradas para pensar la configuración de la formación docente en dos sentidos. Por un lado, permite explorar tensiones y negociaciones con el modelo de la Escuela Normal de Paraná que se volvió hegemónico. Por otro lado, permite conocer un proyecto político pedagógico a escala provincial, que estaba en diálogo con la Ley de Educación Común de 1875 de la provincia de Buenos Aires.
Para argumentar y desarrollar estas afirmaciones organizamos el escrito en dos apartados. El primero recorre las regulaciones para la formación y el nombramiento docente que se organizaron alrededor de la Ley de 1875. El segundo analiza los ensayos propuestos en los inicios de la Escuela Normal de Profesores para la formación de maestros varones en la Provincia. En las conclusiones buscamos arribar a la idea del normalismo como “modelo para armar”, con variedad de alternativas ensayadas y a veces descartadas en distintas escalas territoriales, en el marco de los sistemas educativos en construcción.
A lo largo del siglo XIX, en el futuro territorio bonaerense se desarrollaron propuestas de expansión escolar que incluían prácticas de formación y nombramiento docente. Fuertemente condicionadas por avatares políticos y financieros, en muchos casos esas distintas instancias tuvieron existencias cortas (Reyna Almandos, 1926). Pero con el tiempo se fue consolidando una característica que logró atravesar esos vaivenes: con profundas raíces vecinalistas y autonomistas presentes ya desde fines del siglo XVIII, se fue instituyendo que el control y la administración de las escuelas concretas debían estar en manos locales, quienes establecían relaciones diversas con los organismos centrales provinciales y nacionales. Esto le daba poder en el armado de las políticas educativas a las “fuerzas vivas” territoriales constituidas, como lo eran los miembros de la Iglesia católica, el funcionariado, los sectores económicos dinámicos, y los “vecinos”, grupo compuesto por la población con trabajo estable y afincada en la zona (Bustamante Vismara, 2023).
Los poderes locales, entonces, eran quienes se ocupaban de la designación de maestras y maestros en sus escuelas, lo que estaba permitido por la casi total inexistencia de docentes diplomados y la debilidad de las instancias de evaluación centralizadas. Sin embargo, hacia la década de 1870, con el armado definitivo del sistema y el establecimiento de las primeras Escuelas Normales, se reabrió el debate sobre quién debía tener la última palabra al respecto. De a poco esta función pasó a estar en manos de los órganos de gobierno del sistema central provincial, como el Consejo General de Educación de la Provincia y el Cuerpo de Inspectores (Pineau, 1997).
Este proceso es verificable en los enunciados de la Ley de 1875. La primera nota al respecto es su ambigüedad sobre la creación y sostenimiento de Escuelas Normales. La Ley no establece taxativamente que deban fundarse nuevas escuelas en su territorio más allá de las dos ya existentes. No obstante, enuncia algunas obligaciones del Consejo General, y de directivos, maestras y maestros. Entre las funciones del primero se establece expedir títulos docentes, “previa aprobación de exámenes y pruebas”, atendiendo la moralidad y buenas costumbres del aspirante. También puede revocar diplomas “por mala conducta, insubordinación o negligencia”, e incluso ordenar el cese de empleo. Por otro lado, puede contratar docentes “dentro y fuera del país”, “reglamentar las conferencias de maestros” y estimular la asociación entre ellos (capítulo 1, artículos: 7°, 8°, 9° y 10°).
Frente a la escasez de docentes titulados, los exámenes de idoneidad permitían cubrir las plazas que se iban abriendo. Esta era una práctica que ya se implementaba en el territorio. Fue el caso del Rector de la Escuela Normal de Profesores, Adolfo Van Gelderen, quien rindió un examen de habilitación frente a un tribunal presidido por Domingo Faustino Sarmiento, Antonio Zinny y Marcos Sastre, producto del cual recibió el título de Preceptor Superior para la enseñanza primaria en 1860. En 1875, la Ley reguló las prácticas de habilitación por exámenes, que se extendió, por lo menos, hasta la década de 1930.
El segundo dispositivo a destacar de esa Ley son las pensiones para docentes en formación, un pago en moneda que buscaba impulsar a jóvenes a optar por la carrera del magisterio. Este apoyo fue un estímulo decisivo para ampliar las matrículas de las recientes escuelas normales, y fueron objeto de debate sobre la vocación y la moral de las y los futuros maestros. El dinero lo proveyó en un primer momento el Consejo General de la Provincia y posteriormente el Estado nacional. El mecanismo de distribución lo fijaba el Rector o la Rectora de la Escuela Normal quien otorgaba, discrecionalmente, el apoyo económico. Al respecto, encontramos una temprana queja que el Rector de la Escuela Normal de Profesores dirigía a las familias de los jóvenes, que “con tal de que sus hijos reciban $350 mensuales, obligan a estos a seguir una carrera para la cual no tienen vocación [...] La Escuela Normal no es para favorecer vidas pobres sino para formar profesores” (Libro Copiador, 1874, p. 25).
Por su parte, entre las consideraciones sobre el personal de las escuelas comunes se establece que debían presentar una conducta modélica ante el alumnado y el vecindario, y carecer de enfermedades y defectos. Debían demostrar su idoneidad a través de un diploma, y asistir a las Conferencias Pedagógicas. Además, no podían recibir pagos ni vender libros, ni producir distinciones entre alumnos.
Las regulaciones respecto a la relación del Consejo General con los directores y maestros señalan su continuidad a lo largo del tiempo, y presentan un doble movimiento generado por la Ley Provincial de 1875. Mientras instituyó prácticas que ya se venían desarrollando, ofreció una superficie discursiva legal para consolidar el sistema educativo provincial. Estos dispositivos, a la vez que permitieron acreditar a un conjunto de maestras y maestros para trabajar en las escuelas comunes de la Provincia, avanzaron en su homogeneización.
No sucedió lo mismo en lo relativo a los Consejos Escolares de Distrito, quienes se vieron fortalecidos en sus acciones: en ellos recae el gobierno de las escuelas, su inspección y la posibilidad de nombrar y contratar maestros. El capítulo IV, artículo 49° establece que deben estar compuestos por cinco miembros titulares y cinco suplentes, que permanecen por dos años, con un cargo gratuito como carga pública. Entre sus funciones visitan las escuelas, nombran y contratan docentes con diplomas, entregan libros, transporte y útiles a maestros ambulantes. También estos Consejos piden al Director General el presupuesto para los gastos de educación del distrito, que incluye el pago de docentes y otro personal de las escuelas.
Todo esto hizo que rápidamente se desataran conflictos entre los Consejos Escolares de Distrito y el Consejo General de la Provincia (Reyna Almandos, 1926). En 1905, la sanción de una nueva Ley Educativa Provincial le dio mayor poder al último. En esa pelea interna al espacio bonaerense, salió fortalecido un tercer agente: el Estado nacional, quien había ampliado su red de Escuelas Normales en otras ciudades de la Provincia (como La Plata, Dolores, Mercedes, Azul y San Nicolás), y avanzó en expandir su propuesta normalista de formación docente con independencia de lo que sucedía en las escuelas provinciales y lo que establecían sus leyes.
Las investigaciones sobre la configuración del normalismo en Argentina centraron sus estudios en el modelo de “implantación exógeno”, sostenido sobre el argumento de un territorio yermo en relación a las fuerzas productivas, sociales, culturales y pedagógicas para llevar adelante el proyecto moderno civilizatorio. Entre los caminos para surcarlo, los vínculos que Sarmiento construyó con el matrimonio Mann de Norteamérica sentaron las bases para contratar las primeras maestras que vendrían al país para distribuir en el territorio el modelo normalista, sobre bases científicas y laicas con el impulso del Estado nacional. En el imaginario fundacional, las “Sesenta y cinco valientes” (Houston Luiggi, 1965), mujeres jóvenes, norteamericanas, mayormente protestantes y defensoras de la enseñanza laica, convocadas por el Estado nacional, maestras normalistas tituladas con experiencia docente, organizaron la formación docente en el país. Sus recorridos en el territorio fueron más o menos similares. Partieron en barco a vapor desde la costa este de los EEUU, arribaron al puerto de Buenos Aires y desde allí se dirigieron a la Escuela Normal de Paraná, donde permanecieron un tiempo aprendiendo el idioma local hasta el nombramiento definitivo, en un destino que tenía como propósito fundar la Escuela Normal en la localidad, por lo general capitales de provincia.
Este relato opacó otros recorridos y experiencias docentes previas y contemporáneas, de escala regional o provincial, que necesitan ser recuperadas. Uno de estos casos es el de Adolfo Van Gelderen, Rector de la primera Escuela Normal de Profesores de la provincia de Buenos Aires, que fue varón, europeo, católico
y bachiller sin formación docente, y que llegó al país por su propia cuenta viajando por Sudamérica. Había nacido en Rotterdam en 1835 y realizó sus estudios en la Universidad de Lovaina, donde se graduó como Bachiller en Letras. Sin experiencia docente, antes de cumplir los 20 años inaugura una cátedra de Pedagogía en Lima, donde había sido convocado por un amigo personal, el entonces presidente de Perú (Pizzurno, 1913). Luego se trasladó a Sucre, donde enseñó en colegios dependientes de la universidad y más tarde a Tucumán, continuando con el ejercicio del profesorado en el Colegio de la Merced. Poco más tarde, contrajo matrimonio en Córdoba con una integrante de la élite local y trabajó allí por un tiempo.
En 1860 Van Gelderen residía en Buenos Aires cuando fue contratado por Antonio Zinny, Director del Colegio de Mayo, como profesor de esa institución. Animado por el primero, rindió el examen de habilitación docente, obteniendo el título de Preceptor Superior para la enseñanza primaria. En 1861 fue designado director-maestro de una nueva escuela en el Delta del Tigre. Marcos Sastre, inspector de escuelas, lo visitaba frecuentemente, destacando la obra que llevaba a cabo. Al año siguiente, lo invitó a dirigir el Colegio del Sud, en la ciudad de Dolores. En 1871, ya de regreso en Buenos Aires, rindió un examen universitario que lo habilitó como traductor público en siete idiomas y como profesor de enseñanza secundaria con especialización en idiomas (Astolfi, 1974). Hacia la década de 1880, se sumó al grupo de educadores católicos liderados por José María Estrada que se congregaron en el Congreso Pedagógico Nacional de 1882 en defensa de la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas públicas.
Bastan estas marcas biográficas para advertir los vínculos que fue afianzando con la elite político-educativa que estaba organizando la educación común en la Argentina. Van Gelderen construyó dos basamentos que le permitieron insertarse en la escena local educativa de su época: por un lado, un capital social influyente, y por otro, su participación en distintas experiencias significativas de enseñanza. En sus propias palabras, solo contaba con su “testimonio de ser bachiller en letras de una de las primeras universidades de Europa”. En su escrito Lecciones de Pedagogía (1878), un texto para la formación de normalistas en Pedagogía utilizado en la escuela normal a su cargo, sostuvo haber sido nombrado primer director de la Escuela Normal sin otros títulos que,
1, testimonio presentado al departamento general de ser bachiller en letras de una de las primeras universidades de Europa; 2, la prueba dada ante el mismo departamento; 3, los testimonios espontáneos de los padres de mis numerosos alumnos, y de estos mismos (hechos hombres); 4, la práctica de 20 años como maestro, como profesor superior y como rector de colejio [sic]. Tal vez el Exmo gobierno debería haber preferido un maestro patentado de Europa, de aquellos de cuya suficiencia se apercibe la comisión examinadora cuando se presentan para la revalidación de títulos obtenidos… quién sabe cómo, ni dónde (Van Gelderen, 1878, nota al pie, p. 10).
En esos años, el normalismo era en la Argentina un modelo para armar. Si bien estas instituciones ya existían en otros países, su “forma argentina” se articuló con tradiciones sociales, políticas y culturales propias, en procesos no exentos de conflictos. Mientras se desplegaba el modelo nacional con centro en Paraná a través del itinerario: Sarmiento-Mann, contratación de maestras norteamericanas, migración, instalación en Paraná y fundación de escuelas normales, desde el territorio bonaerense se ensayaron otras formas para su definición.2 En palabras de uno de sus “alumnos ejemplares”, Pablo Pizzurno, la Escuela Normal de Van Gelderen tuvo en los primeros años un carácter ensayístico. Para ese educador, las escuelas normales eran de reciente creación, por lo que la inmensa mayoría de los maestros en ejercicio carecían de saber y de las aptitudes didácticas necesarias (Pizzurno, 1913). Durante los quince años que ejerció como Director, Van Gelderen también dictó varios cursos (Pedagogía, Metodología, Práctica de Enseñanza, Moral Religiosa), y llevó adelante una serie de iniciativas institucionales originales (Ayuso & Landesman, 2019).
Tal vez una de las propuestas más destacables, considerando el mecanismo de formación de formadores de la Escuela Normal de Paraná, fue proponer a su propia Escuela Normal de Profesores como “escuela modelo para la campaña”. En su primer Libro Copiador del año 1874 se lee su propuesta para que el método graduado implementado en la escuela que dirigía se hiciera extensivo también a las escuelas de la campaña. Van Gelderen propone una serie de indicaciones para garantizar a regentes y profesores de esas escuelas el conocimiento directo de la Escuela Normal: estar presente en la apertura del 1° de marzo en la Escuela de Aplicación para frecuentar las clases prácticas durante el mes, donde volverían a sus localidades para ejercitar la metodología aprendida; que el traslado de los profesores y su manutención quede a cargo de los jueces de paz, con tesoro de la Provincia (Libro Copiador, 1874).
En la misma línea de diferenciación, propuso implementar un internado que no se concretó -organización más vinculada a los colegios católicos, y por tal con poca aceptación local para la tradición normalista-. También propuso una “Academia Pedagógica” destinada al alumnado de la Escuela Normal cuyo propósito consistía en “acostumbrar a los alumnos maestros a pensar, a razonar y exponer, a discutir [...] a tratar metódicamente todas las cuestiones que se relacionaban con la enseñanza” (Informe al MJIP, 1881, p. 265). Su funcionamiento era quincenal, para que los estudiantes expusieran un tema de Pedagogía frente a sus compañeros de 4° y 5° año y algunos profesores. El tema era asignado con una semana de anticipación, y también se presentaba un tema libre para ser discutido por los alumnos. Si ningún estudiante tomaba la palabra, se sacaba un nombre al azar, en ese caso el estudiante debía exponer lo que consideraba del tema. Los encuentros de la Academia terminaban con una votación que permitía decidir si admitía o no la disertación del docente en formación. La experiencia de la Academia posibilita, según Van Gelderen, la exposición oral, y entrenaba la investigación, disertación y toma de posición sobre distintos temas pedagógicos. El propio Pablo Pizzurno fue uno de los alumnos partícipes.
La “Escuela Nocturna de subpreceptores y ayudantes” fue otra de sus propuestas. La informa en 1885 al Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública de la Nación (pp. 265-266), como iniciativa de profesores graduados de la escuela que buscan el mejoramiento de las escuelas comunes de la Capital, “por medio de la ilustración de los empleados superiores”. Nuevamente, emulando el modelo de Paraná, los maestros normalistas graduados de su escuela se proponen como formadores de docentes que ejercían en las escuelas de la ciudad. Junto a esta iniciativa, se produce la “Revista de la Escuela Normal de Preceptores de la Capital” (Informe MJCeIP, 1883, p. 821), escrita por los alumnos maestros con el fin de circular ideas pedagógicas desde la Escuela Normal a las escuelas comunes cercanas.
En las últimas décadas del siglo XIX, mientras el Estado nacional armaba una alianza potente entre el Normalismo surgido en Paraná y la Ley n° 1.420, la provincia de Buenos Aires intentó un proyecto original para su territorio con su Ley de Educación de 1875 y dos escuelas normales propias fundadas en 1874 por el entonces Gobernador Mariano Acosta. Con una existencia un tanto efímera, que comenzó a declinar con la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880 y se cerró con el cese en el cargo de Van Gelderen en 1889, en ellas se impulsó un modelo de normalismo que buscaba diferenciarse del que logró imponerse a nivel nacional, y al que terminaron subordinadas esas dos instituciones hacia el cambio de siglo. Lo componían elementos católicos –enseñanza de esa religión, formación diferenciada por sexo, autoridades de reconocido involucramento con esa Iglesia–, participación local en el control y administración de las escuelas, y otras marcas más originales como establecer un internado para estudiantes, abrir cursos nocturnos para preceptores, y crear una Academia pedagógica.
Luego de esa primera experiencia, hubo que esperar mucho tiempo para que la Provincia intentara y pudiera establecer instancias propias de formación docente en articulación con las escuelas de su dependencia. Lejos de proponer una mirada nostálgica y romantizada de ese pasado bonaerense, el objetivo de este trabajo fue recuperar la condición de “arena de lucha” del espacio educativo, y específicamente de la formación docente, en los procesos de construcción de hegemonía y de armado de las políticas educativas, y especialmente la necesidad de tener en cuenta la escala provincial para comprender en profundidad los temas en debate.
Astolfi, J. C. (1974). Historia de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta. Asociación de ex alumnos.
Informe de la Escuela Normal de Profesores de la Capital. Escuelas Normales Informes Anuales. Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública de la Nación. Año 1881 (págs. 261- 272), 1883 (págs. 817- 823), 1885 (págs. 253- 266).
Houston Luiggi, A. (1959). Sesenta y cinco valientes. Editorial Ágora.
Libro Copiador (1874). Escuela Normal de Profesores. Archivo histórico escolar “Armenia Euredgian”, Espacios de Memoria de la Escuela Normal N° 2 “Mariano Acosta”.
Pizzurno, P. (1913). Discurso pronunciado en Córdoba en el jubileo del Prof. Adolfo Van Gelderen. Mayo 14 de 1913. Archivo de pedagogía y ciencias afines. Director Víctor Mercante. Universidad Nacional de La Plata. Tomo XII.
Senado y Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. (1875). Ley 988. De Educación Común. https://www.educ.ar/recursos/129407/ley-de-educacion-comun
Van Gelderen, A. (1878). Lecciones de Pedagogía. Segunda edición, revisada y aumentada. Imprenta Biedma.
Acevedo Rodrigo, A. (2019). Lo local, lo global y el fantasma del Leviatán. Las escalas en la historia de la educación latinoamericana (con especial atención a México). En N. Arata y P. Pineau, (coords.), Latinoamérica: la educación y su historia. Nuevos enfoques para su debate y enseñanza (pp. 103-117). Universidad de Buenos Aires.
Ayuso, M. L. & Landesman, G. (2020). La propuesta pedagógica para la formación de maestros en la primera Escuela Normal de Profesores de Buenos Aires: ensayos, iniciativas y convicciones de Adolfo Van Gelderen, su primer director (1874-1890). Anuario Historia de la Educación, 20(2), 5-29. https://www.saiehe.org.ar/anuario/revista/article/view/66/71
Bustamante Vismara, J. (2023). En la antesala de la Ley nº 1420: historiografía sobre educación primaria en la provincia de Buenos Aires entre Pavón y la capitalización de Buenos Aires. Anuario sobre Bibliotecas, Archivos y Museos Escolares, 3 (1), 175-189.
Pineau, P. (1997). La escolarización de la provincia de Buenos Aires (1875-1930). Una versión posible. Oficina de Publicaciones del CBC, Universidad de Buenos Aires y Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, sede Académica Argentina.
Reyna Almandos, A. (1926). La administración escolar de la provincia de Buenos Aires.
La Plata. Taller de impresiones oficiales.
1 Si bien por cuestiones de espacio y acceso a fuentes centramos el trabajo en la Escuela Normal de Profesores, sería necesario sumar la experiencia paralela de la Escuela Normal n° 1 de Maestras, también fundada en 1874 y destinada al público femenino bajo la dirección de Emma Nicolay de Caprile, maestra católica polaca proveniente de EEUU, para una mejor comprensión del proceso en análisis. Por la fundación conjunta y la cercanía territorial, ambos rectores compartieron sus innovaciones, desarrollaron el mismo Plan de Estudios inicialmente, y publicaron una revista para el intercambio y difusión de ideas pedagógicas.
2 Las propuestas desarrolladas en la Escuela Normal de Profesores pudieron ser reconstruidas con los documentos conservados en el Archivo Histórico “Armenia Euredjian”, Escuela Normal Superior n° 2 “Mariano Acosta”, CABA.
Anales de la Educación Común, 2025, Volumen 6, N° 1-2 | P. Pineau y M. L. Ayuso |
Una temprana propuesta para la formación docente en la provincia de Buenos Aires:
Los primeros años de la Escuela Normal de Profesores| pp.73 a 82